Día 4, Aventura en SAPA
Trekking en Sapa
Cuando llegamos a Sapa nos encontramos con Mama Si, nuestra anfitriona los próximos 2 días, y desayunamos en una cafetería, nos recogieron las mochilas que se llevaron en moto a su casa y nosotros mientras nosotros nos lanzamos a la aventura del trekking. ¡Menudo comienzo!


Al principio, divisamos a unas señoras que seguían la misma ruta. Ya había leído que estas intrépidas vendedoras ambulantes se aventuraban por aquí para ofrecerte, posteriormente, todo tipo de neceseres, bolsitos o pulseritas. Lo curioso es que me sentí tan agradecida con esta «mama» a la que no conocía de nada y que me ayudó en ciertos tramos del camino. Alucinaba con su agilidad y destreza, calzadas con chanclas, botas de agua y una habilidad increíble para caminar y trepar. Incluso me dio una mano en más de una ocasión para evitar que mi hermoso trasero aterrizara en medio de los arrozales o en algún lugar aún peor. La verdad es que fue una experiencia de lo más gratificante.


Los paisajes que atravesamos eran simplemente espectaculares, la ruta no era extremadamente difícil, aunque sí requería un poco de experiencia en caminatas y ser hábil en las subidas por terrenos mojados, por suerte no llovía, pero si había llovido los días anteriores, lo que hacía que el terreno estuviera un poco embarrado y resbaladizo en alguna zona. Sin duda, valió la pena, con creces, el camino, la compañía de esas señoras que se debieron de reír a base de bien de mi torpeza en ciertos momentos, pero con todo y con eso lo haría de nuevo. Los paisajes recorridos fueron una auténtica pasada.


Una de las curiosidades que aprendimos en el recorrido es que para teñir sus ropas utilizan hojas de la planta de índigo que contiene un pigmento azul en sus hojas.



Paramos a comer en un pueblecito, todo nos supo a gloria, no hay como hacer una buena caminata para abrir el apetito, y eso que nos comimos un buen desayuno antes de empezar. En esa parada las Mama que nos acompañaron en el camino nos ofrecieron sus cosas para comprar y se despidieron, yo le compré a la que me ayudó un par de bolsitos y unas pulseritas.

Con las pilas cargadas de nuevo seguimos el camino, aún nos quedaba un buen trecho, ahí ya no nos acompañaron, el camino era llano y sin problemas, pasamos por un par de pueblos, aldeas antes de llegar a casa de Mama Si, que parecía estar la última de todas, cuando estaba en casa y estaba mirando la situación no me había parecido tan lejos en Google Maps, Mama Si, se reía de nosotros, ella iba como si acabara de levantarse de la siesta, y nosotros con los casi 22 km que habíamos caminado entre selva, arrozales y ahora más de 2 km cuesta arriba para llegar a su casa, yo estaba muerta. Y conste que he hecho el Camino de Santiago subiendo el Cebreiro, vamos, que el día no fue moco de pavo.
Seguimos hasta llegar a casa de Mama Si. Ya su casa, dejamos las mochilas en la habitación, vimos donde íbamos a dormir y a pasar el resto del día y el día siguiente. Una parte de la vivienda es para los invitados, que éramos nosotros 4, y otras 4 chicas más, básicamente tenías un dormitorio con la cama y una mosquitera y el cuarto de baño que usabas era el familiar, un habitáculo con el WC y otro para la ducha, donde estaba el lavabo. Era una experiencia de convivencia con la familia, nos dimos una bien merecida ducha y ayudamos con la cena, todos colaboramos y lo pasamos muy bien interactuando con ellas, porque en la cocina solo estaban las mujeres, el único hombre que había era Luismi, los hombres de la familia los veíamos de pasada, y poco. Ayudamos a preparar la cena y la verdad es que el entorno y la deliciosa comida hacía que todo fuera muy fácil, y aprendimos a hacer rollitos vietnamitas.






Estas etnias, las que viven en Sapa, son varias, cada una con su cultura y costumbres, pero conviven en las mismas aldeas sin problemas. Las distingues porque sus ropas son distintas, cada etnia lleva sus ropas, todas tiene en común el azul índigo que tiñen con las hierbas que nos enseñó el día anterior Mama Si. Estamos en el Valle Muong Hoa, y es uno de los sitios donde se suelen hacer los trekkings, por la belleza de sus arrozales y el resto de los paisajes, en verano están verdes, y altos, les faltaba poco para la cosecha, así que los vimos en todo su esplendor. Ya había zonas donde estaban empezando a cosecharlos y fue también bonito ver ese panorama.
Por lo que pude ver, en el momento actual, las mujeres estaban encontrando una forma más de trabajar, si antes era solo con la casa y el cultivo del arroz, etc. ahora con el turismo habían encontrado otra forma más, adecuar un poco sus casas para que gente como nosotros pudiéramos vivir la experiencia de caminar por algunos tramos de bosque, pasar por sus terrazas de arroz y llegar a sus casas para compartir su entorno, ver como viven, cocinar con ellos, jugar con sus hijos, compartir la cena y beber el licor de arroz que sacó al final de la cena. La experiencia fue genial, y la disfrutamos mucho.
Debo decir que no me resultó muy diferente a la vida que se llevaba en las aldeas de Galicia, me trajo recuerdos a mis veranos de niñez y adolescencia en la aldea de mis abuelos. La cocina no era muy distinta, si acaso más pequeña, pero no muy diferente.
Dormimos como lirones, el licor que nos sacó, y del que dimos buena cuenta, nos ayudó, creo que más que la caminata. Sea como sea, esa noche superamos el jet lag. La verdad es que fue otra experiencia para el recuerdo.
Día 5
Este día nos despertamos como nuevos con los cacareos de los gallos, algunas agujetas, pero salir de la habitación a la zona de la terraza y ver el paisaje te activaba, y si no fuera suficiente nos ofrecieron un café, pero no un café cualquiera, nos hicieron café vietnamita, uno a uno. Me tomé 3, y no me tomé el 4 por vergüenza, y porque terminaría saltando por los arrozales. Cuando todo el grupo estuvo al completo, empezamos a recoger cosas de la cocina, plátanos, mango en rodajas, chocolate fundido, miel, y tortitas de harina de arroz. Las mejores que he comido nunca, un desayuno rico, no, lo siguiente.





Soy de las que digo que el entorno hace mucho, y desayunar en el campo con esa compañía y esa delicia de comida, la hace mejor todavía.
Esa mañana hicimos otro trekking, nos aventuramos por unos caminos y terminamos en una cascada con un terreno con búfalos descansando y algunas mujeres que estaban aclarando ropa que había teñido con índigo, las plantas que nos habían enseñado el día anterior.


Subimos hasta la cascada, los más intrépidos se bañaron en una zona que el río hacía un pequeño lago, y yo me quedé disfrutando del panorama y la paz que respiraba allí. Mirando como los búfalos iban cambiando de postura y buscando el fresco de un charco que les habían hecho.
Reanudado el camino, nos dirigíamos a los arrozales, pasamos por una zona de bambús, nos indicó que nos fijáramos en como los brotes tenían unas bolsas de patatas, etc. encima, lo hacían para que los búfalos no se los comieran.


Nos llamó mucho la atención el tema, por eso ella los llevaba en el bolsillo. Es otra forma de reciclaje. Esos brotes ellos se los comen, la noche anterior Luismi sacó uno a machete con Mama Si y lo peló y picó para saltearlo con ajo una parte y otra con jengibre, y ambas opciones estaban muy buenas.
Por el camino pasamos por una casa donde pudimos ver un molino de arroz tradicional que aún funcionaba.
Seguimos el camino hasta la zona de los arrozales que cruzamos, haciendo equilibrios, debo decir, hasta que uno a uno fuimos resbalando y cayendo. Sigo pensando que lo hacía para reírse un poco de nosotros, y que no nos sintiéramos unos intrépidos, que no es tan fácil pasar por esos caminitos, pero con los resbalones y todo fue una chulada para el recuerdo


Al llegar de nuevo a casa comimos y ya por la tarde nos llevaron en taxi a Sapa, para coger la Minivan que nos llevaría a Lao Cai para regresar de nuevo a Hanoi.
En Lao Cai nos dimos una vuelta y encontramos un mercado chulísimo, no creo que haya pasado mucho turista por esa zona, pero nosotros que no nos podemos estar quietos mucho tiempo nos metemos en todos los sitios.



Y si, lo que se ve en la foto central son gusanos, nos llamó mucho a atención, dado que no vimos ningún plato cocinado con gusanos, y por el tamaño se verían, se usarán para cocinar y comer, ¿o tendrá algún otro uso? Me inclino a pensar lo segundo, prometo que en mi siguiente visita lo averiguaré.
Solo buscábamos donde comprar un bocadillo, si en Vietnam también comen bocatas, se llaman Bahn Mi, recordar que fue colonia francesa, y aún les queda algunas cosas de la época. Finalmente, encontramos donde nos hicieron un bocadillo de tortilla con pepino, si tortilla a la francesa con pepino… estaba rico. Con unas frutas que compramos ya teníamos cena.
Aquí vimos otro detalle de la amabilidad de la gente, de las ganas de ayudar, en Lao Cai no esperes que te hablen en inglés, ni de broma, vamos que con el idioma internacional de los signos te vas a hacer entender, fuera de los alrededores de la estación claro, el caso es que el hombre del puesto, por qué restaurante no se puede llamar a este chiringuito, se fue a buscar unos pepinos para el bocadillo. Yo cuando lo vi regresar me quedé de piedra. Y estoy convencida de que no lo hizo por lo que ganó con los bocadillos, porque fueron regalados, si no por esa cultura, que es común, en los países de esta zona.
Esta vez nos pasó algo parecido a la ida en Hanoi, pero ya lo sabíamos y esperamos, Lao Cai es mas pequeño que Hanoi, pero esta vez vino una chica y se quedó fuera, el caso es que hay que estar atento porque pueden venir por cualquier lado, con nuestros billetes subimos al tren, cenamos y a dormir, estábamos muertos.

Al día siguiente, al llegar a Hanoi nos íbamos a Tam Coc, esa parte te la cuento en 15 Dias en Vietnam, diario de viaje (Parte 3)
